En un pequeño pueblo del Pirineo Aragonés un modesto club organiza una marcha ciclista diferente a las demás, o por lo menos diferente a la gran mayoría. Hablo de Borau, hablo del C.C. Borau y hablo como no de La Isolé, una marcha ciclista con un encanto particular sobre la que sus responsables ya se encargan desde el principio de alejarla de los parámetros que definen a las tradicionales marchas cicloturistas y ciclodeportivas.
La Isolé es un homenaje y a su vez casi una filosofía de vida que se se remonta a principios del siglo XX, concretamente al año 1909, cuando José María Javierre (Jaca, 1888) se convirtió en el primer ciclista español en tomar parte del por entonces incipiente Tour de Francia, tiempos en los que el ciclismo era más una aventura que un deporte tal y como lo conocemos en nuestros días. Su conexión con Borau viene dada por su madre, Orosia, natural de esta villa pirenaica cercana a Jaca. Por completar con un dato importante, el altoaragonés ha pasado a los anales del ciclismo bajo el afrancesado nombre de Joseph Habierre debido a que cuando contaba con unos cuatro años de vida su familia tuvo que emigrar hasta la vecina Lescar, en las afueras de Pau, en busca de un futuro mejor. Allí se forjó el ciclista que seguramente a este lado del Pirineo nunca hubiera llegado a ser.
Cuando con 21 años se plantó en París para enfrentarse a todo un Tour de Francia, lo hizo tras demostrar su valía en pruebas regionales, pero también lo hizo solo, sin ayuda y sin estar enrolado en alguno de los pocos equipos de la época. A aquellos ciclistas que competían bajo estas condiciones se les ubicaba en la categoría Isolés (aislados). De ahí viene el nombre de la marcha ciclista que ahora en su tierra natal recuerda su figura y a su vez reclama un lugar en la historia del ciclismo nacional.
Volviendo a La Isolé, cabe destacar su filosofía. Se trata de un evento con un ambiente familiar y acogedor que en nada se parece a una cicloturista de las de toda la vida, mucho menos a la cercana y majestuosa Quebrantahuesos, para que os hagáis una idea. Todo es muy sencillo pero todo lo hacen con gran cariño, cuidando los detalles, y eso se nota. No esperes mucha parafernalia en Borau, tampoco grandes avituallamientos o un coche de asistencia nada más tener una avería. Aquí eres un Isolé y de eso se trata. Tampoco hay lucha por el tiempo porque aquí el tiempo no se mide, se disfruta. Velocidad libre pero sin agobios. También comida en el frontón de Borau. Y el maillot, ese maillot celeste obligatorio para todos los participantes para poder ser reconocidos a lo largo del recorrido. Seguramente tenga unas características que no gusten a buena parte de los aficionados pero son esas características las que enamoran a la inmensa mayoría de los que vamos a una prueba como La Isolé.
No me enrollaré con los detalles de las distintas distancias que desde la organización proponen, arriba en el enlace a la web del evento está todo bien explicado. Yo sólo quería dar a conocer esta humilde marcha porque este año la he podido disfrutar por primera vez y creo que el trabajo del C.C. Borau merece ser reconocido por lo que de memoria histórica tiene pero también por lo atrevido de su propuesta, aunque quien sabe, igual ante tantos obstáculos como se encuentran los clubes que organizan cicloturistas esta Isolé sirve de inspiración. Cicloturismo low-cost hecho con el corazón.